La mañana siguiente llegó sin pedir permiso, como siempre. La luz del amanecer se filtró entre las cortinas, suave pero insistente, obligando al mundo a despertar incluso cuando el corazón aún quería seguir escondido en la quietud de la noche. Abrí los ojos lentamente, con esa breve confusión que aparece entre el sueño y la realidad, y tardé unos segundos en recordar dónde estaba emocionalmente el día anterior.Respiré hondo. Sentí el frío de la habitación, el silencio todavía pesado, y, al mismo tiempo, algo distinto, como si una capa muy delgada de paz estuviera intentando instalarse. No era total, no era perfecta, pero estaba ahí.Me levanté despacio y fui a la cocina. Preparé café, y mientras el aroma llenaba la casa, escuché el sonido familiar de pequeños pasos acercándose. Mateo apareció, despeinado, con sus ojos aún somnolientos pero llenos de vida.—Buenos días, Mah… —murmuró, arrastrando la voz como si todavía estuviera soñando.Sonreí automáticamente. Siempre que lo veía por
Leer más