El invierno comenzó a insinuarse sin prisa en ambos lugares.En la ciudad costera, el viento se volvió más frío, más persistente. Ya no era esa brisa ligera que acompañaba las caminatas de Camila, sino una presencia constante que obligaba a ajustar el paso, a cerrar mejor el abrigo, a permanecer menos tiempo frente al mar.Aun así, ella seguía yendo.No todos los días.Pero sí lo suficiente como para sentir que el vínculo con ese paisaje no se debilitaba.Había aprendido a leer el mar en sus cambios sutiles. A entender cuándo estaba más inquieto, cuándo más contenido. Y, de alguna manera, también había empezado a reconocerse en esos estados.---En la galería, los dibujos seguían en la pared.Algunos visitantes regresaban.Otros aparecían por primera vez.No había grandes conversaciones, pero sí pequeños intercambios que, poco a poco, iban tejiendo una sensación de continuidad.Una tarde, la mujer de la galería le dijo:—Podrías quedarte más tiempo, si quieres.Camila no respondió de
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