La mañana siguiente llegó con una luz distinta.
No era más brillante ni más cálida, pero Camila la percibió diferente. Tal vez porque ahora el lugar ya no era completamente nuevo. Había empezado a reconocer ciertos sonidos antes incluso de verlos: el motor del primer barco que salía del puerto, el golpe leve de las olas contra la madera del muelle, las voces de los pescadores que se saludaban desde lejos.
Abrió la ventana.
El aire tenía ese olor limpio que solo existe cerca del mar.
Se quedó un