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El invierno comenzó a insinuarse sin prisa en ambos lugares.

En la ciudad costera, el viento se volvió más frío, más persistente. Ya no era esa brisa ligera que acompañaba las caminatas de Camila, sino una presencia constante que obligaba a ajustar el paso, a cerrar mejor el abrigo, a permanecer menos tiempo frente al mar.

Aun así, ella seguía yendo.

No todos los días.

Pero sí lo suficiente como para sentir que el vínculo con ese paisaje no se debilitaba.

Había aprendido a leer el mar en sus ca
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