Los días siguientes comenzaron a deslizarse con una calma casi imperceptible.
Camila ya no contaba el tiempo en días exactos. En cambio, lo medía por pequeños acontecimientos: el momento en que el pescador del muelle terminaba de arreglar sus redes, la hora en que la luz del sol atravesaba la ventana de la cafetería, o la forma en que el mar cambiaba de color al final de la tarde.
Había algo profundamente tranquilizador en esa forma de percibir el tiempo.
No era una espera.
Era simplemente pres