El paso de los días empezó a dejar huellas más visibles en ambos.
No eran cambios abruptos.
Eran ajustes pequeños, casi invisibles para cualquiera que no estuviera atento. Pero tanto Camila como Gavin comenzaron a notar que ya no se movían por los espacios con la misma distancia inicial. Había una familiaridad que se había instalado sin pedir permiso.
En la ciudad costera, Camila ya no era solo “la chica que dibuja”.
Algunas personas la saludaban por su nombre.
El dueño de la cafetería le pregu