Ahora entendía que incluso en un lugar desconocido podían formarse pequeñas rutinas. No eran estructuras rígidas, sino puntos de referencia. Lugares que, al repetirse, empezaban a crear una sensación leve de pertenencia.
Aquella mañana volvió a la misma panadería.
La mujer que atendía ya lo reconocía. No necesitaban muchas palabras; bastaba un gesto, una sonrisa breve, el sonido de la taza colocándose sobre el mostrador.
Se sentó cerca de la ventana.
El café estaba caliente, el pan aún tibio.
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