El verano llegó con una intensidad distinta, más luminosa, casi insistente. La ciudad parecía expandirse bajo el sol, como si cada rincón quisiera ser habitado, visto, vivido. Las sombras se acortaban, los días se alargaban, y con ellos, también se extendía esa sensación de que todo estaba en movimiento, incluso lo que parecía quieto.Gavin empezó a notar pequeños cambios en sí mismo. No eran transformaciones drásticas, sino ajustes sutiles: una mayor tolerancia a la incertidumbre, una forma más flexible de mirar sus propios errores. Ya no se castigaba con la misma dureza cuando algo no salía como esperaba. Había aprendido, lentamente, a quedarse en el proceso.Camila, por su parte, parecía más enraizada. Su nuevo departamento ya no era un espacio de transición, sino un lugar que la contenía. Las paredes habían empezado a llenarse de bocetos, de pruebas, de ideas que antes no se habría permitido explorar. Había algo más libre en su forma de crear, menos condicionado por la necesidad d
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