El invierno se instaló con una firmeza tranquila. No fue un golpe abrupto, sino una presencia constante que invitaba a quedarse más tiempo en casa, a bajar el ritmo sin culpas. Camila comenzó a notar cómo los días se plegaban hacia adentro, y en ese repliegue encontró una claridad que no había buscado. Gavin, por su parte, descubrió que el frío le ordenaba las ideas: menos dispersión, más foco; menos ruido, más escucha.Decidieron no mudarse todavía. La idea quedó suspendida como una promesa sin fecha, algo que podía volver a tocarse cuando el deseo fuera más nítido. Mientras tanto, ajustaron la casa a la estación: mantas nuevas, una lámpara de luz cálida, horarios más flexibles. Esas decisiones pequeñas les daban una sensación de agencia compartida, como si la vida cotidiana fuera un proyecto en sí mismo.Una mañana, Camila despertó con una inquietud persistente. No era ansiedad, sino una pregunta que se repetía sin urgencia. La dejó estar. Preparó café, abrió el cuaderno y escribió
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