– Sombras en el espejoEl motor del auto de Rubén se detuvo frente a la imponente fachada de la mansión Caruso. Cristina bajó lentamente, quedándose de pie sobre la grava del sendero, observando la estructura de piedra y hierro que durante años fue su prisión dorada. La mansión, que antes le inspiraba temor, ahora le parecía un monumento vacío a una ambición que terminó en ruinas.Rubén rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera. Elio se había quedado profundamente dormido durante el trayecto, con la cabeza apoyada contra el cristal. Al sentir el aire fresco de la noche, abrió los ojos con dificultad, desorientado por el alcohol.—Ya llegamos, despierta, Elio... —dijo Rubén, tomándolo por el hombro con firmeza para ayudarlo a salir.Elio tropezó; sus piernas apenas obedecían. Se aferró al brazo de Rubén, y por un momento, el hombre arrogante desapareció para dar paso a un ser humano roto.—¿Por qué se fue sin avisarme, Rubén? —balbuceó Elio con la voz quebrada—. No me dejó despedirm
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