El último vistazo al paraíso perdidoEl eco de los pasos de Rubén sobre la grava del sendero no era solo el sonido de un hombre regresando a casa; era el sonido de la autoridad y la pertenencia. Rubén avanzó con la espalda recta, su porte militar suavizado apenas por la calidez del hogar, pero sus ojos, agudos como los de un halcón en pleno reconocimiento, captaron de inmediato la cercanía entre su prometida y el hombre que alguna vez fue el dueño de su vida.—Buenas tardes —dijo Rubén. Su voz, profunda y firme, cortó el aire como un cristal.Cristina se giró con una chispa de alivio y alegría iluminando su rostro, mientras que Elio, cuya mano aún vibraba por el contacto del perdón, se dio la vuelta lentamente. El contraste entre ambos hombres era casi poético: Elio, desaliñado por la culpa y el peso del pasado; Rubén, impecable, proyectando la seguridad de quien sabe exactamente dónde pisa.Cristina no esperó a que la tensión se espesara. Se acercó a Rubén con pasos rápidos. Él la re
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