Madrid recibió a Isidora y Matteo con un cielo de un azul eléctrico y un viento frío que bajaba de la sierra, barriendo las hojas secas de las calles de Hortaleza. Para Isidora, volver a este barrio era como caminar por el interior de un sueño olvidado. Cada esquina, cada tienda de barrio, le recordaba a la niña que corría con retales de tela en las manos mientras su padre soñaba con estructuras imposibles.Matteo conducía en silencio, respetando el espacio de Isidora. Habían pasado la noche analizando los audios del disco duro en el tren. La voz de Elisa Franzani, grabada en el sistema de la clínica, era una presencia fantasmal que los acompañaba: una voz de terciopelo y hierro, dictando la destrucción del hombre que decía amar.—Estamos cerca —dijo Isidora, señalando una calle flanqueada por chalés antiguos—. Es la casa del número 14. La casa que Matteo compró para devolverme mi historia.Matteo detuvo el coche frente a la verja de hierro. La casa de los Almonte se alzaba con una di
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