La lluvia golpeaba los ventanales del juzgado de lo penal número cuatro de Barcelona. Era una lluvia terca, de diciembre cerrado. Diferente al frío elegante de Milán. Esta era una humedad que pesaba, que recordaba a las cosas que llevan demasiado tiempo ocultas y que la tormenta finalmente arrastra hacia las alcantarillas.
Habían pasado tres semanas desde el aplauso ensordecedor de la sala Tortona. Tres semanas de titulares internacionales, entrevistas y contratos firmados.
Pero esta sala no te