La alarma no llegó a sonar.
Isidora abrió los ojos a las seis y diez de la mañana. Veinte minutos antes del tono programado. El hotel en el barrio de Brera estaba en silencio. Un silencio denso, distinto al de Barcelona. El silencio de una ciudad que sabe que es el centro de algo y que guarda energía para cuando tenga que demostrarlo.
El boceto cuarenta y ocho seguía sobre la cama. El rotulador Staedtler encima. Exactamente donde los había dejado la noche anterior cuando el insomnio finalmente