Era una mañana cualquiera de finales de octubre.El taller central de ALMONTE en el barrio de Gràcia bullía con esa energía rítmica y ordenada que solo poseen los lugares donde las personas aman lo que hacen. No era el frenesí desesperado de la antigua sede de Franzani, alimentado por el miedo a las represalias. Era la vitalidad de la creación pura.El sonido de las tijeras de Marco mordiendo una gruesa tela de lana fría marcaba el tempo. De fondo, el ronroneo constante de tres máquinas de coser operadas por las nuevas patronistas construía el bajo continuo de la sala.La luz del otoño de Barcelona entraba por los altos ventanales. Era una luz horizontal, dorada y ligeramente melancólica, que bañaba las mesas de madera de roble sin quemar los colores. Una luz que cambiaba de registro según avanzaba la mañana, pero que, año tras año, siempre terminaba volviendo con una terquedad hermosa.Isidora estaba sentada en su mesa de dibujo, en la esquina iluminada de la sala de patronaje.Lleva
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