ElioLa celda es más pequeña que mi antiguo vestidor. Una cama de concreto fijada a la pared, un inodoro de acero, un fregadero que gotea. El olor es una mezcla agresiva de desinfectante y sudor frío. La puerta, un bloque de acero con un ojo de buey, se cerró hace horas. O minutos. El tiempo se ha estirado, deformado, hasta perder todo sentido.Estoy sentado en la cama, la espalda contra la fría pared. El dolor en mi hombro no es más que un pulso sordo, un recordatorio lejano de la batalla. Me han vendado, atendido someramente. Un gesto profesional, sin empatía. El detenido debe estar en condiciones de ser interrogado.Cierro los ojos. Las imágenes vuelven, en bucle. El rostro de Luca, vacío de vida. La mano de Sofia, apretando la mía en la cocina, justo antes del final. La mirada de Valois, calculadora, a la luz azul de las sirenas.Los he entregado, uno por uno. Gomes, los demás. He firmado su sentencia de muerte con una firma electrónica, limpia, aséptica. Creí controlar el juego.
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