El olor a madera vieja nunca abandonaba las salas del Old Bailey.Clara lo había notado desde el primer día, cuando la condujeron por el corredor lateral con los tobillos apenas libres de grilletes y la vista fija en el suelo de piedra. Era un olor acumulado durante siglos, impregnado en cada banco, en cada moldura de yeso, en el aire mismo que circulaba por las ventanas altas y estrechas. Olor a decisiones irrevocables. A vidas partidas en dos mitades: el antes y el después de una sentencia.Hoy era el último día.Se lo había dicho el abogado Beaumont esa mañana, con la eficiencia clínica que lo caracterizaba, mientras ella terminaba el té frío de la celda de espera. El jurado lleva tres horas deliberando. Eso es buena señal. Clara no había preguntado por qué. Había aprendido, en los meses anteriores, que los abogados medían el tiempo en señales y pre
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