La sala del Old Bailey guardaba el tipo de silencio que precede a los terremotos: una quietud tensa, casi física, que se asentaba sobre los hombros de cada persona presente y les recordaba, con cruel precisión, cuánto podía cambiar el mundo en el espacio de una sola palabra.Clara contó los pasos del ujier desde la puerta lateral hasta el estrado. Doce. Los mismos doce que había contado durante los cuatro recesos anteriores, durante las interrupciones por objeciones del fiscal Pemberton, durante los momentos en que el juez Harrington pedía silencio y la sala obedecía con la docilidad de los condenados. Doce pasos. Ahora el ujier se detenía junto al jurado, y el silencio se hacía más denso, más pesado, imposible de respirar.La mano de Adrian encontró la suya bajo la mesa.No fue un gesto calculado. Ella lo supo porque él no miró hacia abajo cuando lo hizo, no
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