El jardín olía a tierra mojada y a algo más difícil de nombrar: esa mezcla particular de cera de vela recién encendida y glicina tardía que solo existe cuando alguien ha decidido, con deliberación, que un lugar merece ser hermoso de nuevo.Clara ajustó el último candelabro sobre el mantel de lino y dio un paso atrás para evaluar el efecto. La mesa se extendía bajo el cenador restaurado —ocho sillas de hierro forjado, ocho platos de porcelana blanca, ocho copas que recogían la luz del atardecer como si fueran pequeños depósitos de ámbar—, y todo ello rodeado por las glicinas que Adrian había plantado el invierno anterior, cuando la tierra estaba dura y el gesto parecía más fe que jardinería.Un año, pensó. Hace exactamente un año, un juez pronunció mi nombre completo y dijo que era libre.&mda
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