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La carta llegó con el sello de la Corona intacto, sin señales de que hubiera sido abierta y vuelto a cerrar, aunque Clara sabía—con la certeza silenciosa que se acumula después de años de aprender a leer el peligro antes de que adopte forma visible—que alguien en algún punto del recorrido había sopesado su contenido y decidido que el daño era suficiente para dejarla pasar.

El mensajero era joven, con librea azul marino

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