El salón de conferencias de la familia Terán olía a poder antiguo y decisiones que cambiaban vidas. Clara observó las caras reunidas alrededor de la mesa de caoba pulida: Braxton con su traje británico impecable, Yamamoto en su kimono formal modificado, Fontaine ajustando sus anteojos sin montura. Evangeline Rousseau y Vivienne Moreau flanqueaban a Sophia, quien se sentaba en la silla que había pertenecido a Marcus Terán durante treinta años.La niña de doce años que Clara había salvado de las catacumbas tres semanas atrás parecía haber envejecido décadas en días. Su postura era perfecta, sus manos descansaban tranquilas sobre la mesa, sus ojos—esos ojos que habían visto demasiado—escaneaban el salón con la precisión de un depredador calculando territorio.Cuando dejó de ser mi niña y se convirtió en esto, pens&o
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