ValeriaEstaba dando vueltas en mi oficina cuando el teléfono sonó con un timbre seco, cortante, que se clavó en mis nervios como un cuchillo. Supe, antes de contestar, que era él. El hombre que me estaba arrancando el aire.—¿Sí? —mi voz salió más firme de lo que esperaba.—Señora Ríos —la voz al otro lado era áspera, sin alma—. Tienes lo que pedí.—Dame una prueba de que la niña está bien.Un silencio. Después, un llanto breve, ahogado, y mi corazón se partió.—Vanessa… —murmuré, llevándome una mano al pecho.—Ya lo escuchaste. Tienes hasta esta noche. Si no vienes sola, si la policía se asoma, si alguno de tus hombres aparece… la niña muere.—No… por favor… —traté de suplicar, pero ya había colgado.Me quedé con el aparato en la mano, los nudillos blancos de tanto apretarlo. Las piernas me temblaban. No sabía si podía soportar otra llamada como esa, le dije a todos que iría al banco por el dinero, pero oculte que recibí la llamada, seguiría la instrucción del secuestrador pues no q
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