Capítulo 25.
Valeria
Estaba dando vueltas en mi oficina cuando el teléfono sonó con un timbre seco, cortante, que se clavó en mis nervios como un cuchillo. Supe, antes de contestar, que era él. El hombre que me estaba arrancando el aire.
—¿Sí? —mi voz salió más firme de lo que esperaba.
—Señora Ríos —la voz al otro lado era áspera, sin alma—. Tienes lo que pedí.
—Dame una prueba de que la niña está bien.
Un silencio. Después, un llanto breve, ahogado, y mi corazón se partió.
—Vanessa… —murmuré, llevándome u