Capítulo 23.

Armando

Han pasado dos días desde que llegué a Brasil. El aire húmedo de la selva se pega en la piel como una segunda capa, y el olor a tierra mojada y vegetación podrida se mezcla con el de la pólvora que aún llevo en las manos.

Mis hombres y yo logramos desmantelar varios campamentos guerrilleros, quemamos cargamentos de armas y liberamos a un par de aldeanos que habían sido secuestrados para trabajar como esclavos. Sin embargo, alias Maduro logró escurrirse de mis dedos en el último momento. Cobarde. Cuando pensé que lo tenía acorralado, tomó una lancha y desapareció entre la espesura del río.

Ahora vamos tras él en lanchas rápidas. La selva amazónica es un monstruo vivo: el rugido de los monos, los mosquitos que devoran hasta el alma, los ojos brillantes que nos observan desde la orilla. Sé que aquí cualquiera puede desaparecer sin dejar rastro. Por eso traje un doctor y un traductor local; no pienso dejar que la selva me trague a mí ni a los míos.

Caída la noche, llegamos a una p
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