ValeriaLa noche había caído cuando escuché el rugido del motor en la entrada principal. Había ordenado que enviaran un chofer de la empresa a recoger a Cintia, a su madre y a su hermana. Me había repetido durante todo el día que aquello era lo correcto, que no podía permitir que una mujer que había entregado tanto a mi empresa se quedara sin un techo digno. Y aun así, mientras el automóvil se detenía, no pude evitar sentir un cosquilleo extraño en el pecho.Me levanté del sofá de la sala y caminé hacia la entrada. Ana ya estaba allí, con su serenidad de siempre, observando todo como si fuera la dueña silenciosa de cada rincón.—Llegaron —me dijo en voz baja, arqueando una ceja.Asentí y crucé la puerta.El chofer bajó primero y abrió la puerta trasera. De allí descendió Cintia, con los ojos enrojecidos pero brillantes. Luego, una mujer de cabellos entrecanos, delgada, con una mirada tímida pero llena de dignidad: Cristina, su madre. Y por último, una jovencita de unos veinte años, de
Leer más