417. La herida que aprende a nombrarse.
No es el miedo lo que despierta primero, sino una claridad incómoda, una lucidez que se instala antes incluso de que abra los ojos, como si el cuerpo hubiera decidido adelantarse a la mente para advertirme que algo en mí ya no puede volver a fingir ignorancia, y mientras respiro hondo, todavía envuelta en la penumbra que no pertenece al sueño ni a la vigilia, comprendo que el poder no duerme cuando una lo hace, sino que observa, aprende, recuerda.Hay una sensación nueva en el pecho, no punzante, no ardiente, sino densa, una presencia que no oprime pero ocupa, como una mano invisible apoyada con firmeza sobre el esternón, reclamando atención sin exigir obediencia, y tardo unos segundos en aceptar que no se trata de una amenaza, sino de un recordatorio: lo que despertó no piensa marcharse.Me incorporo lentamente, no por debilidad, sino porque cada movimiento trae consigo una conciencia amplificada del cuerpo, del roce de la tela contra la piel, del peso exacto de la respiración al exp
Leer más