412. Cuando el deseo aprende a obedecer al abismo.
No despierto del todo después de la ruptura del sello, porque algo en mí se niega a llamar descanso a este estado nuevo donde el poder ya no ruge ni duerme, sino que observa, atento, casi curioso, como si hubiese esperado siglos para habitar un cuerpo que por fin dejó de resistirse, y en esa vigilia extraña descubro que mis pensamientos ya no se ordenan por miedo ni por estrategia inmediata, sino por una pulsión más íntima que me obliga a preguntarme qué precio estoy dispuesta a pagar por aquel