321. Quédate lejos de mí.
Y entonces lo veo: el ser negro, inclinado sobre el suelo que ya no es suelo sino una piel vibrante, palpitante, como si toda la tierra hubiese comenzado a respirar de manera irregular, tosca, hambrienta. Su cuerpo, que antes apenas lograba definirse entre sombra y brasa muerta, ahora se estira, se compacta, se abre en un contorno que parece humano solo por capricho, porque no está hecho para encajar en ninguna forma estable, y sin embargo decide mantener esa figura mientras los dos enemigos se aproximan como si hubiesen estado esperando este momento exacto para entrar en escena, como si hubiesen sido atraídos por una señal que ni yo ni el Duque entendimos.El aire se detiene; una presión oscura nos rodea, como si alguien hubiese colocado un manto de hierro alrededor de todo lo que somos, y yo siento que el latido del ser negro se sincroniza con el mío de una manera tan íntima que me mareo, porque no es un latido natural, no es humano, sino un estruendo ahogado, una vibración que pare
Leer más