324. El nacimiento del que arde y respira mi nombre.
Todavía siento sus labios sobre los míos aun cuando ya no me toca, como si la forma de su boca hubiese quedado adherida a mi piel, un sello tibio que late con un pulso propio, y mientras permanezco suspendida en la exhalación que compartimos, descubro que algo cambia en él de un modo tan profundo que la transformación comienza a irradiarse hacia afuera como un rumor inevitable que recorre el aire, la tierra, incluso la luz temblorosa que logra filtrarse entre las nubes bajas de la tormenta.
El