323. Acércate.
El ser recién formado se inclina hacia mí con una determinación silenciosa, como si toda la violencia del entorno fuese apenas un murmullo apagado, una perturbación lejana incapaz de interferir en lo que está por ocurrir entre los dos. Su presencia, todavía vibrante por la metamorfosis, desprende un calor profundo que no quema, más bien envuelve, un calor que se desliza por mi piel como una caricia que ya reconoce el camino incluso antes de tocarlo.
Sus dedos oscuros continúan trazando la línea de mi mandíbula, ahora con una precisión sorprendentemente humana, y el gesto me obliga a elevar el rostro, a exponer el cuello, a inclinarme una fracción hacia ese cuerpo que palpita con un poder tan antiguo que parece murmurar en un idioma que nunca aprendí y, aun así, recuerdo.
—Acércate —resuena dentro de mi pecho, la frase vibrando más que sonando, como si su voz aún estuviera encontrando forma.
Respondo con el cuerpo: avanzo lentamente, sintiendo cómo la distancia disminuye hasta quedar s