Julieta alzó una ceja y se dio la vuelta con una sonrisa burlona. —¿Qué pasó? ¿Ya me extrañas que no quieres que me vaya?—Lo de la otra vez... reconozco que se me pasó la mano. No debí meterte en mis cosas —dijo Raina, soltándola y pidiéndole perdón de corazón.Julieta soltó una carcajada y, con toda la confianza del mundo, le dio un apretoncito en el cachete a Raina. —Ay, mija, te ves divina pidiendo disculpas —se le acercó al oído, rodeándola con ese perfume caro que siempre traía—. Pero ni te preocupes, a mí esas cosas no me quitan el sueño.Dio un paso atrás y la miró de arriba abajo. —La verdad, me gusta que tengas agallas. Así tenemos que ser: cuando hay que ser duras, no nos puede temblar la mano —dijo Julieta, dándole un toque suave con el dedo sobre el corazón de Raina.Afuera, se soltó más fuerte el agua. Julieta abrió su paraguas, pero antes de irse, se puso seria. —Eso sí, te advierto una cosa: cuando dejes oficialmente a los Herrera, se te va a poner difícil la cosa.
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