—¡Iván! Qué milagro que llamas, justo estaba... —Diego contestó de lo más normal, pero Iván no lo dejó ni terminar.
—Consígueme un cerrajero. Ahorita mismo, ¡muévete!
—¿Qué? —Diego se quedó helado—. Pero ¿para qué o qué? ¿De quién es la puerta?
Iván no le quitaba la vista a la puerta frente a él. En su mente se repetía la imagen de Raina: ese dolor tan hondo escondido detrás de una calma que asustaba.
Él no hallaba cómo describir esa sensación, pero en ese preciso momento, por fin le puso nombr