La luz de urgencias era un golpe en la cara. Raina no podía apartar la vista de la puerta. En su cabeza se repetía, como una pesadilla, la imagen de su abuela escupiendo sangre. Era un rojo tan fuerte, tan vivo, que sentía que le quemaba los ojos.No era la primera vez que pasaba, pero su abuela siempre se había hecho la fuerte para que ella no notara nada. Esta vez fue distinto: la realidad le estalló en la cara. Seguro la pobre ya no pudo más. Si por la vieja fuera, se habría llevado el secreto a la tumba con tal de no ver a su niña sufriendo.Raina sabía bien que a su abuela se le estaba acabando la vida, que el hilo ya estaba muy corto. Ella juraba estar preparada mentalmente, pero ahora que el momento había llegado, sentía un miedo tan profundo que la paralizaba.Sintió una presión firme en el hombro. Levantó la vista y se encontró con la mirada intensa de Iván.—Tranquila, no te me desarmes... —le susurró con voz grave—. Todo va a estar bien. Yo estoy aquí.Iván la atrajo haci
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