Se hizo un silencio de muerte en el reservado. Diego tragó saliva y, por puro instinto, volteó a ver a Eduardo. Ese hombre, que siempre mantenía la compostura, apenas movió un dedo, y el puro que sostenía se partió en dos.—¡Niña! —intervino Diego, muerto de nervios—. ¡Pídele perdón a Eduardo ahora mismo! Y luego vas y te disculpas con Ivana, ¡y ya! Muerto el perro, se acabó la rabia.Nomás dijo eso y tanto Eduardo como Iván lo fulminaron con la mirada. A Diego se le erizaron los pelos de la nuca. Se acababa de meter en la boca del lobo por andar de metiche.—Yo... hablé de más, perdón —murmuró Diego dándose un golpecito en los labios y se retiró a un rincón, todo apenado.Eduardo por fin habló. Su voz era bajita y no transmitía ni un gramo de sentimiento. —Solo por el respeto que le tengo a tu hermano... —dejó el puro roto sobre la mesa—, le vas a pedir perdón a Ivana. Y así como tú le pegaste, ella te la va a cobrar. Golpe por golpe.A Fiona casi se le salen los ojos de la cara.
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