Los vidrios de la cafetería estaban todos empañados por el frío.
Raina se quedó con la mirada perdida en su propio reflejo, mientras pasaba el dedo por el borde de la taza una y otra vez.
—¿Te molesta si me siento?
Raina levantó la vista de golpe. Román estaba ahí, con una gabardina negra todavía mojada por la lluvia. Traía un ramo de gerberas en la mano.
—Me enteré de lo de tu abuela —dijo él, mientras ponía las flores sobre la mesa con cuidado—. Lo siento mucho, de verdad.
Raina apretó la taz