Alexander y yo despertamos abrazados. Él fue el primero en abrir los ojos y se quedó mirándome con una devoción absoluta, de esas miradas que no necesitaban palabras para decirlo todo. Su mano descansaba, casi de forma obsesiva, sobre mi vientre, como si incluso dormido estuviera cuidando el milagro tan maravilloso que crecía dentro de mí.Poco a poco me revolví entre las sábanas, acomodándome contra su pecho, sintiendo su cuerpo firme y cálido junto al mío. Había algo distinto en el ambiente, una calma extraña, profunda, como si el mundo hubiera decidido darnos una tregua, aunque fuera por unas horas.—Dime, por favor que no estoy soñando, pequeña —susurró—. Dime que todo fue real.Su voz tenía una ternura que me desarmó por completo. Lo miré a los ojos, esos ojos que habían visto tanto dolor y que, aun así, seguían llenos de esperanza.—Por supuesto que es real, mi amor —respondí con una sonrisa que no pude contener—. Vamos a ser papás.Alexander cerró los ojos por un instante, como
Leer más