La fotografía llegó como un puñetazo directo al estómago. Valeria sostuvo el teléfono con manos temblorosas, observando la imagen que Bianca había enviado apenas una hora después del amanecer. Isabella Montenegro estaba atada a una silla metálica, los ojos vendados con una tela negra que contrastaba brutalmente con la palidez enfermiza de su rostro. Las marcas en sus brazos habían empeorado durante la noche, moretones frescos que se extendían como manchas de tinta sobre su piel.—Dios mío —murmuró Carmen, que había llegado al apartamento de Enzo con café y croissants que ahora permanecían intactos sobre la mesa—. Esa pobre criatura...Enzo se paseaba por el salón como un animal enjaulado, el teléfono pegado a la oreja mientras hablaba en italiano con alguien que, por el tono áspero de su voz, no le estaba dando las respuestas que esperaba. Sus movimientos eran mecánicos, pero Valeria podía percibir la tensión que se acumulaba en cada músculo de su cuerpo.No es su rival, pensó Valeria,
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