El sábado amaneció con una luz gris que se filtraba a través de las ventanas del apartamento de Enzo, donde Viktor había permanecido toda la noche frente a múltiples pantallas, sus dedos moviéndose con precisión quirúrgica sobre el teclado. La tensión acumulada durante días había cristalizado en este momento crucial: finalmente había conseguido rastrear la señal telefónica que los llevaría hasta Isabella.—La tengo —anunció Viktor con su característico tono monocorde, aunque una nota de satisfacción se filtraba en su voz—. Señal triangulada. No está en Barcelona.Enzo se acercó inmediatamente, seguido por Valeria, que había permanecido despierta junto a él durante toda la vigilia. Las ojeras bajo sus ojos delataban el agotamiento, pero su determinación permanecía inquebrantable.—¿Dónde? —preguntó Enzo, su voz tensa como un cable a punto de romperse.—Madrid. Suburbio industrial de Vallecas. Almacén abandonado, sector diecinueve —Viktor señaló un punto rojo parpadeante en el mapa digit
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