El grito de Valeria atravesó la casa como un disparo, un sonido gutural que no parecía salir de su garganta sino de algún lugar mucho más profundo, primitivo. Enzo subió las escaleras de tres en tres, el corazón martilleando contra sus costillas, encontrándola en el estudio rodeada de álbumes fotográficos abiertos, las páginas extendidas sobre el suelo de madera como evidencia de un crimen que había durado cinco años.—Dios mío. —Las palabras salieron de sus labios como un susurro quebrado mientras sus ojos recorrían las imágenes—. Dios mío, Enzo.Él se arrodilló junto a ella, tomando el álbum más cercano. La primera fotografía mostraba a Lorenzo en el parque cerca de su antigua casa, tenía quizás dos años, empujando un camión de juguete por la arena mientras el sol de verano creaba halos dorados alrededor de su cabello castaño. La siguiente era de los gemelos en sus incubadoras en la NICU, tan pequeños y frágiles que parecían muñecos de porcelana conectados a máquinas que los mantenía
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