La luz de Madrid se filtraba a través de las cortinas de lino blanco con esa suavidad particular que solo las mañanas de septiembre sabían ofrecer. Valeria despertó lentamente, su cuerpo hundiéndose en el colchón king-size que había reemplazado al anterior tres años atrás, cuando Mateo y Lucas decidieron que las pesadillas requerían refugio parental a las tres de la madrugada.Giró la cabeza hacia Enzo, observando cómo la luz matutina acariciaba las hebras plateadas que ahora salpicaban sus sienes. Cuarenta y dos años le habían sentado bien, pensó, estudiando las líneas finas alrededor de sus ojos cerrados, marcas de mil sonrisas y algunas preocupaciones que habían aprendido a navegar juntos. Su respiración era profunda, regular, el pecho subiendo y bajando con ese ritmo que ella había memorizado durante cinco años de noches compartidas.Cinco años.El número resonaba en su mente con una cualidad casi surreal mientras se incorporaba con cuidado, sintiendo el tirón familiar de la cicatr
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