La mañana del sábado llegó con una quietud que Enzo no había experimentado en meses. Por primera vez desde el nacimiento de Lorenzo, tendría a su hijo completamente solo durante toda la tarde. Valeria había aceptado finalmente, después de dos semanas de negociaciones sutiles y promesas de llamar cada hora, dejarlo llevarse al bebé al parque.Se encontraba frente al apartamento de Valeria, ajustando las correas de la carriola nueva que había comprado específicamente para estas ocasiones. Lorenzo dormía plácidamente, envuelto en una manta azul claro que Carmen había tejido durante las largas horas de hospital. A los dos meses y medio, ya había desarrollado esos rasgos distintivos que lo identificaban inequívocamente como hijo de ambos: los ojos verdes de Enzo, pero con la forma almendrada de Valeria, y esa boca pequeña que se curvaba ligeramente hacia arriba incluso dormido.—¿Tienes todo? —Valeria apareció en la puerta por cuarta vez, sosteniendo una bolsa adicional—. Pañales, toallitas
Leer más