La luz matutina se filtraba débilmente a través de las cortinas del apartamento cuando Enzo despertó al sentir el peso del brazo de Claudia sobre su pecho. Dos meses. Habían transcurrido exactamente dos meses desde que comenzó esta nueva vida, esta existencia que se suponía debía llenar el vacío que Valeria había dejado tras su partida. Pero mientras observaba el techo blanco del dormitorio, la realidad se imponía con una claridad brutal: el vacío seguía ahí, más profundo que nunca.Claudia se movió contra él, su respiración cálida rozando su cuello. Incluso dormida, su cuerpo buscaba constantemente su aprobación, su atención, como si fuera una planta desesperada por la luz solar. Enzo cerró los ojos y trató de encontrar algo parecido a la paz en esta rutina matutina, pero solo encontró el eco familiar de una pregunta que lo perseguía desde que abrían los ojos cada día.—¿En qué piensas? —murmuró Claudia, y él supo, sin necesidad de mirarla, que sus ojos ya estaban abiertos, escrutando
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