La luz del amanecer se filtraba por las cortinas del ático de Enzo, dibujando patrones dorados sobre la piel desnuda de Valeria. Llevaban tres días prácticamente encerrados, alternando entre hacer el amor y revisar obsesivamente cada detalle de los incidentes que habían sufrido en las últimas semanas. La mesa de cristal del salón había desaparecido bajo carpetas, documentos y ordenadores portátiles.
Enzo observaba a Valeria mientras ella dormía. Su rostro, habitualmente a la defensiva, mostraba