No hubo ceremonia. No hubo discursos, ni cortes de cinta, ni inauguraciones ante la prensa. El final de la primera gran saga de la Fundación Aurora no era un evento para celebrar, sino una verdad para asumir.Se reunieron en Cornualles, en el mismo acantilado ventoso cerca de la cueva donde once años atrás Clara, Samuel y Gabriel habían descubierto el naufragio del corsario, el origen manchado de su legado. El viento soplaba fuerte, trayendo consigo el olor salino del Atlántico y el grito de las gaviotas. El cielo era una vasta extensión de nubes grises y blancas desgarradas, por cuyos claros se colaba un sol pálido y poderoso.Estaban todos. Lion y Olivia, entrelazados, sus abrigos ondeando como banderas. Clara, con el cabello al viento, mirando el horizonte con una expresión serena y resuelta. Samuel, a su lado, tocando ligeramente el dispositivo de muñeca que monitoreaba su ritmo cardíaco, un recordatorio silencioso del precio pagado. Gabriel, su postura más relajada que nunca, per
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