El pasillo volvió a quedar en silencio después de que los estudiantes desaparecieran al doblar la esquina. No era un silencio vacío, sino uno que parecía conservar algo de lo que acababa de ocurrir, como si las ideas no se disolvieran al terminar la conversación, sino que quedaran suspendidas en el espacio, disponibles, latentes, listas para reactivarse en otro contexto, en otra voz, en otro momento.Seguí caminando sin prisa, dejando que ese residuo invisible me acompañara. A esa hora, el edificio de humanidades tenía un ritmo distinto, más contenido, casi introspectivo. Había menos tránsito, pero no menos actividad. Algunas puertas entreabiertas dejaban ver estudiantes trabajando en silencio, otros leyendo con una atención que no parecía forzada, sino orgánica, como si la concentración ya no fuera un esfuerzo puntual sino una condición natural del entorno.Mientras avanzaba, empecé a notar algo que hasta entonces había pasado desapercibido. No era solo que las conversaciones fueran
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