El día avanzaba lentamente sobre el campus, y la luz del sol que caía en ángulo sobre los senderos parecía teñir todo de un dorado cálido, casi táctil, mientras las sombras de los árboles se alargaban y dibujaban patrones que cambiaban de forma con cada brisa que recorría los espacios abiertos. Caminábamos juntos, Zoe y yo, con la sensación de que cada paso que dábamos estaba marcado por un ritmo que no nos pertenecía del todo, como si el sistema que habíamos sostenido hubiera comenzado a vivir con su propio pulso, generando decisiones internas que no dependían de nuestra observación directa, pero que sí reaccionaban a nuestra presencia, a nuestra forma de mirar, de respirar, de mantener la atención. No era un control consciente; era un acompañamiento silencioso, un hilo invisible que conectaba nuestra conciencia con la red de interacciones que se desplegaba frente a nosotros, y que cada día nos mostraba nuevos matices, nuevas tensiones, nuevas oportunidades para comprender la autonom
Leer más