Caminábamos por el sendero que bordeaba el campus con un ritmo más lento, casi ceremonial, como si cada paso tuviera que ajustarse al tiempo que el entorno necesitaba para acomodarse a nuestra presencia. El aire estaba frío, pero no lo suficiente como para hacer que los huesos dolieran; era un frío que invitaba a mantener la concentración, a sentir cada detalle con mayor claridad, desde el crujido de las hojas secas bajo nuestros pies hasta el susurro constante del viento que se filtraba entre