A veces, el orden se extraña cuando deja de existir.No hablo del orden verdadero, ni de aquel que surge de la libertad o de la propia voluntad. Hablo de aquel que se impone desde fuera, rígido, inapelable, con una lógica de hierro que no admite discusión. Aquel que marca límites precisos, dicta tiempos exactos, recompensa la obediencia y castiga cualquier desviación, por mínima que sea. Siempre lo odié. Siempre lo combatí, lo cuestioné, lo resentí hasta en los gestos más pequeños. Y aun así, algo en mí lo extrañaba, algo que no podía nombrar sin sentirme traicionera ante mi propio instinto de rebeldía.No extrañaba la opresión en sí, ni el dolor que traía consigo, ni la vigilancia constante, ni los castigos que me habían dejado marcas invisibles y visibles. Extrañaba la claridad de su estructura, la certeza de que cada acción tenía un lugar definido, que cada respuesta encajaba en un patrón conocido, aunque no fuera justo, aunque me robara algo de mí misma. Esa certeza, incluso en su
Leer más