El bloque anterior me había dejado un territorio ambiguo: sabía que podía resistir individualmente, pero no había aprendido aún cómo esa resistencia impactaba a otros. El lenguaje seguía insistiendo, sí, pero ahora ya no solo sobre mí. Empezaba a percibirlo como un organismo vivo que atravesaba cuerpos, redes, conversaciones y políticas. Y, como todo organismo, era vulnerable a pequeñas rupturas acumuladas.
Las fisuras comenzaron de manera casi imperceptible. Alguien repetía una frase de manera