No hubo alarma. No hubo movimiento que lo anunciara. Solo me levanté y decidí que me quedaría. No era una elección heroica, ni dramática, ni el final de una batalla épica. Era un acto silencioso, casi invisible, pero tan radical que me obligó a confrontar cada fibra de mí misma.Durante años, había corrido. Hacia la verdad, hacia la protección, hacia la supervivencia. Hacia lo que creía que debía ser. Siempre había habido un rol asignado, una misión, un protocolo que dictaba mis pasos. Cada decisión se medía en función de otros, de sistemas, de expectativas que ni siquiera podía nombrar en voz alta. Y ahora, por primera vez, no había nadie que me dictara un rol. Nadie me exigía escapar, liderar, vengar o salvar. Nadie me presionaba con la certeza de un plan que yo no había elegido.Caminé por el interior de la casa con Dante a mi lado. No dijo nada. No hizo falta. Él entendía que esto no era sobre estrategia ni sobre controlar lo que quedaba de la ciudad. Esto era sobre existir, aquí
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